|
|
Prometeo
Por Mario Sandoval
México envejece: pensiones, vivienda
y quién pagará la cuenta
La
población crece cada vez menos, el
gasto pensionario aumenta y millones
de familias siguen construyendo su
patrimonio fuera del financiamiento
formal.
México está entrando silenciosamente
en una etapa económica distinta.
Durante décadas fuimos un país
joven: aumentaba rápidamente la
población, crecían las ciudades, se
incorporaban millones de personas al
mercado laboral y continuamente se
formaban nuevas familias. Ese
crecimiento ayudaba a sostener
consumo, vivienda y una fuerza
laboral cada vez mayor.
Ese México está cambiando. La
Encuesta Intercensal 2025 del INEGI
contabilizó 130.9 millones de
habitantes, frente a 126 millones en
2020. La población todavía aumenta,
pero lentamente. CONAPO estima para
2026 un crecimiento de
aproximadamente 0.75% anual.
Simultáneamente, México envejece. La
combinación importa porque tendremos
proporcionalmente más adultos
mayores que requerirán pensiones,
salud y cuidados, mientras una parte
muy importante de quienes deberán
financiarlos continúa trabajando en
la informalidad. No es un problema
de izquierda o derecha. Es
aritmética demográfica.
Las pensiones crecen más rápido que
la economía.
En 2018 México destinaba alrededor
de 3.4% del PIB a pensiones. Para
2026 ronda 6% y para 2027 el gasto
se aproxima a 2.5 billones de pesos,
equivalentes a 6.3% del PIB. En
menos de una década prácticamente
duplicamos el esfuerzo económico
destinado a pensiones.
El CIEP había proyectado escenarios
de 7.1% a 7.8% del PIB hacia 2030.
No se trata de cuestionar derechos
adquiridos. Millones de trabajadores
cotizaron durante décadas y tienen
derecho a recibir aquello para lo
cual contribuyeron. Las pensiones no
contributivas también representan
ingreso fundamental para millones de
adultos mayores.
El problema es otro:
¿quién financiará dentro de diez
años pensiones, salud, educación,
seguridad, infraestructura e
inversión pública si la economía
continúa creciendo poco y más de la
mitad del empleo permanece informal?
Ésa debería ser una discusión
nacional.
La otra transformación está dentro
de las casas
Menor crecimiento poblacional
tampoco significa que México dejará
de necesitar vivienda.
INEGI contabilizó en 2025 alrededor
de 39.7 millones de viviendas
particulares habitadas, con apenas
3.3 ocupantes en promedio. En 1990
eran aproximadamente cinco.
Los hogares se hacen más pequeños.
Tenemos menos hijos, más adultos
mayores, hogares unipersonales,
divorcios, viudez y nuevas
configuraciones familiares.
Por eso podemos tener
simultáneamente bajo crecimiento
poblacional y mayor número de
hogares.
Pero antes de preguntarnos cuántas
viviendas nuevas necesitamos,
deberíamos preguntarnos qué clase de
vivienda ya tenemos.
El dato es revelador: alrededor de
62.8% del parque habitacional
mexicano fue autoproducido y, entre
esos hogares, 86.8% financió la
construcción exclusivamente con
recursos propios.
Es decir, buena parte del patrimonio
más importante de las familias
mexicanas no nació de una hipoteca
tradicional.
Se construyó poco a poco.
Terreno, dos habitaciones, losa,
otra recámara cuando hubo dinero,
segundo piso algunos años después,
local al frente, ampliaciones
sucesivas.
No necesariamente porque ésa fuera
la vivienda ideal, sino porque ésa
fue la vivienda posible.
El crédito financia una realidad
diferente
Aquí tenemos una contradicción
financiera.
México posee un sistema bancario
moderno, Infonavit, Fovissste,
Sociedad Hipotecaria Federal,
SOFOMES y desarrolladores
institucionales. Sin embargo, la
mayor parte del parque habitacional
terminó autoproduciéndose.
Actualmente alrededor de 82% del
financiamiento bancario para
vivienda se concentra en
adquisición, mientras sólo una
proporción mínima se destina a
ampliaciones, mejoras o
remodelaciones.
El sistema financiero financia
fundamentalmente la casa terminada,
mientras millones de mexicanos
construyen la casa por terminar.
La informalidad laboral ayuda a
explicar esa divergencia.
Con aproximadamente 55% del empleo
en condiciones de informalidad,
millones de familias tienen ingresos
y capacidad para comprar materiales
periódicamente, pero no
necesariamente reúnen las
condiciones documentales, laborales
o financieras exigidas para una
hipoteca convencional a veinte años.
Entonces ahorran y construyen.
Es racional desde la perspectiva
familiar.
Pero no necesariamente produce el
mejor resultado económico.
Materiales modernos, construcción
artesanal.
México posee algunas de las mayores
empresas de cemento, acero, vidrio y
materiales de construcción del
continente.
Podemos comprar productos
industriales del siglo XXI y
terminar utilizándolos dentro de un
proceso constructivo prácticamente
artesanal.
El propietario se convierte en
desarrollador. El ahorro familiar
sustituye al banco. El maestro
albañil puede terminar sustituyendo
al arquitecto, ingeniero y
supervisor. La construcción avanza
conforme existe dinero.
No toda vivienda autoproducida es
deficiente. Muchas son perfectamente
sólidas y funcionales.
Pero cuando casi dos terceras partes
del parque habitacional se originan
mediante autoproducción, su calidad,
supervisión técnica y valor
patrimonial dejan de ser cuestiones
marginales.
Y tenemos ya señales del problema.
Las estadísticas oficiales estiman
más de ocho millones de viviendas en
rezago habitacional y alrededor de
1.5 millones consideradas no
recuperables, que requerirían
sustitución.
Eso significa que México enfrentará
simultáneamente dos necesidades
durante la próxima década:
construir vivienda nueva y
reconstruir parte de la que ya
existe.
Una casa también envejece
La vivienda que construimos para el
México joven tampoco necesariamente
sirve para el México viejo.
Una casa de dos o tres pisos,
escaleras estrechas y servicios
alejados puede funcionar para una
pareja de 35 años con tres hijos.
Treinta años después puede quedar
ocupada por una persona de 70 o 75
años viviendo sola.
Por eso la política habitacional de
los próximos diez años tendrá que
incorporar algo que hasta ahora ha
recibido relativamente poca
atención:
adaptación del parque existente al
envejecimiento.
Baños accesibles, eliminación de
barreras, redistribución de
espacios, mantenimiento estructural,
instalaciones seguras, eficiencia
energética y proximidad a transporte
y servicios médicos.
Ahí existe también una enorme
oportunidad económica.
En lugar de construir todo
nuevamente. Bancos, SOFOMES,
Infonavit, Fovissste y banca de
desarrollo podrían desarrollar un
verdadero mercado de financiamiento
para rehabilitación habitacional.
Créditos de 100,000, 200,000 o
500,000 pesos acompañados de
proyecto técnico, presupuesto,
supervisión por avance y
actualización catastral permitirían
transformar ahorro informal en
inversión patrimonial formal.
No se trata de eliminar la
autoconstrucción.
Se trata de convertirla en
autoproducción técnicamente asistida
y financiable.
Eso movilizaría arquitectos,
ingenieros, albañiles certificados,
cemento, acero, vidrio,
instalaciones, muebles, seguros,
valuadores y crédito regional.
En lugar de considerar la vivienda
deteriorada únicamente como problema
social, podríamos convertir su
modernización en actividad económica
productiva.
¿Quién pagará todo esto?
Regresamos entonces a las pensiones.
Una población que envejece necesita
más recursos precisamente cuando
disminuye el crecimiento de quienes
eventualmente deberán producirlos.
Y México entra en esa transición con
más de la mitad de su empleo
informal.
La informalidad permitió durante
décadas que millones de personas
sobrevivieran, trabajaran,
construyeran su vivienda y formaran
patrimonio sin incorporarse
plenamente a la seguridad social.
Pero el envejecimiento convierte esa
solución individual en un problema
colectivo.
Menos trabajadores formales tendrán
que sostener mayores obligaciones
sociales.
Dentro de diez años tendremos más
pensionados, mayores necesidades
sanitarias y millones de viviendas
diez años más viejas.
Por eso la discusión sobre bienestar
no puede limitarse a transferencias,
salario mínimo o reducción de
pobreza.
Necesitamos hablar también de
productividad, formalidad, ahorro,
vivienda, inversión y crecimiento
del PIB por habitante.
México todavía tiene tiempo para
prepararse.
Pero la demografía no negocia y
tampoco vota.
Podemos discutir durante años qué
modelo político produjo mejores
resultados. Las matemáticas
terminarán haciendo la cuenta.
Mario Sandoval
PROMETEO ( previsión/prospección) CEO FISAN SOFOM ENR Banquero a nivel Directivo con más de 30 años de experiencia de negocios. |