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Tengo Otros Datos
Eduardo Esquivel Ancona
El futbol,
rehén del negocio: cuando el dinero le gana
al deporte
El
futbol dejó de ser solamente un espectáculo
deportivo. En las últimas décadas se
convirtió en una gigantesca industria global
en la que los derechos de televisión,
patrocinios, transferencias, apuestas,
plataformas digitales y fondos de inversión
pesan cada vez más en las decisiones que
alguna vez estuvieron determinadas por
criterios estrictamente deportivos. El intento impulsado
por Gianni Infantino desde la FIFA para
crear FIFA Forward Enterprise (FFE) y
abrir hasta 20% de su participación a
inversionistas privados representó, más allá
de su desenlace, una señal inequívoca de
hacia dónde pretende avanzar el negocio. La
iniciativa, de acuerdo con la información
disponible, buscaba captar alrededor de
4,200 millones de dólares y habría
involucrado a firmas de capital de riesgo
como Thrive Capital, de Joshua Kushner. La resistencia de
las confederaciones terminó frenando el
proyecto en cuestión de días. Pero el
episodio dejó sobre la mesa una pregunta de
mayor alcance: ¿hasta dónde puede llegar la financiarización del futbol antes de que el
negocio termine por devorar al deporte? La preocupación no
es menor. Convertir activos comerciales,
derechos y competencias de alcance mundial
en instrumentos susceptibles de ser
explotados por capital privado implica
introducir una lógica distinta a la
deportiva. El inversionista busca
rendimiento, crecimiento y rentabilidad; el
futbol necesita competencia, descanso,
formación, espectáculo y reglas que
preserven su legitimidad. El problema aparece
cuando ambos objetivos dejan de estar
equilibrados.
El
jugador como activo financiero
La expansión del
negocio ha convertido también al futbolista
en una pieza dentro de una compleja cadena
financiera. Los derechos económicos, las
transferencias, los contratos publicitarios
y los patrocinios pueden alcanzar cifras
multimillonarias. En ese escenario, el
riesgo es evidente: aumentar partidos,
reducir periodos de descanso, ampliar
torneos y modificar calendarios para generar
más contenido susceptible de ser vendido. El Mundial de 2026,
con 48 selecciones, y la expansión de las
competencias internacionales de clubes son
expresiones de una tendencia que
difícilmente puede explicarse únicamente por
razones deportivas. Más encuentros
significan más derechos televisivos, más
publicidad, más boletaje y más oportunidades
comerciales. Pero también significan mayor
desgaste físico y mental para los
futbolistas. La paradoja es que
mientras la industria habla de proteger al
jugador, el calendario internacional se
vuelve cada vez más exigente.
Cuando
el aficionado se convierte en consumidor
La otra cara de esta
transformación está en las tribunas. El futbol popular
nació como un espectáculo accesible para
amplios sectores sociales. Hoy, en cambio,
asistir a determinados partidos puede
convertirse en un lujo. Los precios
dinámicos, las experiencias VIP, los
paquetes corporativos y la explotación
comercial de los estadios han generado una
brecha cada vez mayor entre el aficionado
tradicional y el consumidor con mayor
capacidad económica. La pregunta es
inevitable: ¿Qué sucede cuando el estadio deja de estar pensado para el aficionado y
comienza a diseñarse para el cliente? La lógica financiera
tiende a privilegiar al consumidor que más
gasta. El futbol, en cambio, necesita
conservar la identidad y la pertenencia de
quienes construyeron históricamente su
cultura.
La
sombra del dinero ilícito
Existe además un
problema mucho más delicado: la
vulnerabilidad del futbol frente al lavado
de dinero. La enorme
circulación de recursos, las operaciones
internacionales, los fichajes, patrocinios,
derechos comerciales y apuestas convierten
al futbol en un sector susceptible de ser
utilizado para introducir o mover capitales
de origen ilícito. Entre los mecanismos
señalados en investigaciones internacionales
se encuentran operaciones de transferencia
de jugadores con valores artificialmente
elevados, empresas fachada utilizadas como
patrocinadores y esquemas vinculados con
boletaje y apuestas. El FIFA Gate, destapado en 2015, demostró que la corrupción
podía penetrar hasta las estructuras más
altas del futbol internacional. El escándalo
involucró sobornos y prácticas ilícitas
alrededor de derechos comerciales y de
transmisión. El problema, por
tanto, no puede reducirse a unos cuantos
dirigentes corruptos. La dimensión económica
alcanzada por el deporte genera condiciones
que requieren controles financieros mucho
más rigurosos.
México:
el negocio antes que la competencia
En México, la
discusión adquiere características
particulares. La Liga MX posee una
enorme capacidad comercial, pero sus
resultados deportivos y su modelo de
desarrollo no necesariamente corresponden
con el tamaño de su mercado. La multipropiedad,
la suspensión del ascenso y descenso y las
dificultades para consolidar un sistema
sólido de formación de jóvenes futbolistas
forman parte de un modelo que privilegia la
estabilidad económica de los propietarios
por encima de la presión competitiva. La ausencia de
ascenso y descenso elimina uno de los
principales mecanismos de movilidad
deportiva. Un club puede tener una temporada
desastrosa y, sin embargo, conservar su
lugar en la máxima categoría. Desde una
perspectiva empresarial, esto reduce
riesgos. Desde la perspectiva deportiva,
disminuye la exigencia. La multipropiedad
plantea otra interrogante. Cuando un mismo
grupo controla más de una institución, la
discusión sobre competencia, independencia y
transparencia deja de ser solamente una
cuestión administrativa y se convierte en un
asunto relacionado con la credibilidad del
torneo.
Una Liga
MX dominada por grandes intereses
El futbol mexicano
también refleja la concentración económica
existente en otros sectores de la economía
nacional. Grandes
corporativos, grupos empresariales y
familias con capacidad financiera participan
en la propiedad y administración de clubes.
Entre los casos más visibles están FEMSA con
Monterrey, Ollamani con América y Grupo
Caliente con Tijuana. A ello se suman
estructuras de multipropiedad como Grupo
Orlegi, con Santos y Atlas, y Grupo Pachuca,
con Pachuca y León. No se trata de
afirmar que la participación empresarial sea
necesariamente negativa. El capital privado
puede aportar infraestructura,
profesionalización, tecnología y mejores
condiciones de operación. El problema comienza
cuando el objetivo económico termina subordinando el deportivo.
¿Quién
paga realmente el espectáculo? Existe otra
contradicción que pocas veces se discute: el
futbol profesional puede ser un negocio
privado, pero en algunos casos utiliza
infraestructura pública o recibe distintos
tipos de respaldo gubernamental. Estadios construidos
con recursos públicos, comodatos,
mantenimiento de inmuebles, servicios
subsidiados, beneficios fiscales o
inversiones estatales en infraestructura
forman parte de una relación que merece
mayor transparencia. Si el club es
privado y las ganancias son privadas, cabe
preguntar hasta qué punto debe el erario
asumir determinados costos relacionados con
su operación. La discusión no es
contra el futbol profesional, sino contra la
falta de claridad respecto de quién asume los costos y quién se queda con los beneficios.
Cuando
los clubes pertenecían a sus aficionados
Hubo otra concepción
del futbol mexicano. Clubes como
Guadalajara y Atlas estuvieron vinculados
durante distintas etapas de su historia con
modelos de asociación y participación de sus
propios aficionados. Aquella idea de
pertenencia colectiva se ha reducido frente
a una estructura en la que las instituciones
deportivas son, cada vez más, activos
empresariales. La transformación
tiene consecuencias culturales. Cuando un club se
entiende como patrimonio de una comunidad,
existe una relación emocional y social que
trasciende los estados financieros. Cuando
se convierte primordialmente en un activo
empresarial, su valor puede medirse en
derechos televisivos, patrocinios,
plusvalía, capacidad de endeudamiento y
valor de mercado. Ahí aparece una de
las grandes contradicciones del futbol
moderno: es una industria
multimillonaria que sigue necesitando
presentarse como una pasión popular.
México y
el círculo que no se rompe
El caso mexicano es
especialmente revelador. Los elevados
salarios de la Liga MX, el costo de las
transferencias y la estructura de los clubes
pueden hacer menos atractiva la salida de
jóvenes futbolistas hacia Europa. Al mismo
tiempo, el mercado estadounidense representa
una fuente extraordinaria de ingresos para
los clubes mexicanos, particularmente por la
enorme comunidad mexicana y latinoamericana
que consume futbol al otro lado de la
frontera. El negocio es
rentable incluso sin que necesariamente
exista una transformación profunda del nivel
competitivo. Ese es quizá el
mayor riesgo. Si la Liga MX puede
obtener ingresos importantes mediante
televisión, patrocinadores, estadios,
mercancía y partidos en Estados Unidos, ¿qué
incentivo existe para modificar radicalmente
un modelo que económicamente funciona? El problema es que rentabilidad y desarrollo deportivo no son sinónimos.
El
futbol como negocio… ¿hasta dónde?
La
hipercomercialización está produciendo
efectos que ya no pueden ignorarse:
calendarios saturados, concentración de
riqueza, encarecimiento de los espectáculos,
especulación alrededor de jugadores y
clubes, presión sobre los derechos laborales
de los futbolistas y expansión de las
apuestas deportivas. A esto se suma la
creciente presencia de productos de bajo
valor nutricional asociados con grandes
eventos deportivos y la necesidad de
fortalecer los mecanismos para impedir que
organizaciones criminales utilicen
estructuras deportivas para ocultar o mover
dinero ilícito. El futbol no está
condenado a desaparecer por culpa del
capitalismo. Pero sí corre el riesgo de
perder aquello que lo convirtió en el
deporte más popular del planeta: la posibilidad de que la pasión y la competencia estén por encima de la
capacidad económica de quien participa. La discusión sobre
la propuesta de Infantino, aunque haya
quedado temporalmente archivada, debería
servir para abrir un debate más profundo. ¿Quién debe
controlar el futbol? ¿Los aficionados,
las federaciones, los jugadores y las
comunidades que lo sostienen, o los fondos
de inversión y los grandes conglomerados que
encuentran en él otra oportunidad para
multiplicar capital? México enfrenta la
misma disyuntiva. Mientras el futbol
mexicano continúe privilegiando la seguridad
financiera de sus propietarios sobre el
ascenso y descenso, la formación de jóvenes,
la competencia interna y la transparencia,
difícilmente podrá aspirar a convertirse en
una verdadera potencia deportiva. Porque el problema
no es que el futbol genere dinero.
El problema comienza cuando el dinero deja de estar al servicio del futbol
y el futbol termina convertido en un
instrumento al servicio del dinero. La columna Tengo Otros Datos se publica en los portales Domo de Cristal y Ekonosphera. Se reproduce con la autorización del autor). |